“El árbol de la vida” (Terrence Malick, 2011)

Parada de imagen. "¿Cómo llegaste a mí?, ¿bajo qué forma?, ¿con qué disfraz?"

Parada de imagen.
“¿Cómo llegaste a mí?, ¿bajo qué forma?, ¿con qué disfraz?”

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida
cómo se viene la muerte 
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer, 
cualquiera tiempo pasado
fue mejor. Jorge Manrique.

Si has llegado hasta aquí, y tienes la fiel intención de seguir leyendo porque sabes que en este raro mundo de la crítica, análisis o simplemente comentario fílmico (¿de dónde nace la necesidad de comentar una película..?) siempre se descubren cosas que traspasan la pantalla, datos que uno pareciera querer sacar del tintero, para “entender”, si es que es posible, ese algo que se escapó, o que simplemente nada a la deriva…  Te animo también a que te pasees por las críticas de esta película que hay por filmaffinity, para que al menos rías con el sentido del humor con el que algunos la detestan.

Lo confieso, tuve que volver a ver El árbol de la vida para poder escribir sobre ella. Sufrí un ataque de pánico al espacio en blanco, y las palabras no salían. Como si tuviera miedo de errar diciendo algo que no es cierto (¡qué tontería! ¿verdad?) o simplemente como si la sensación que produjo el visionado fuera solo para mí y tuviera que seguir reconstruyendo yo las pistas antes de firmar nada mío hablando de Malick y lanzarlo al ciberespacio.

Está claro que no seré la primera que advierta que Malick hace un cine de autor en el que se recrea -al estilo de Lynch o Tarkovski, por nombrar solo a los más conocidos- pensando de pascuas a ramos en el espectador. Con esto pretendo decir que estos cineastas escriben para ellos y luego ya comparten el resultado. De vez en cuando se pararán a pensar si los demás entenderán lo que pretenden comunicar; pero la mayor parte del tiempo estarán ellos solos con su historia o se contestarán que el público no es nada tonto y que no hay que subestimarlo. ¿Qué pecado tiene esto? Ninguno. ¿Qué consecuencias provoca? La incomprensión por falta de conocimiento. Para entender, los humanos necesitan un contexto intelectual que les permita relacionar algo conocido con lo nuevo por conocer, para así integrarlo todo en su cabeza. Pero nadie dijo que escribir un guión fuera sencillo: escribir sin auto-censura, pensar en el espectador (que no conoces de nada),  dejar plasmado tu proceso mental (para que todos sigan el avance de la historia: “no omitir si no es porque lo voy a descubrir al final”), partir de un universo conocido (metáforas, metonimias, el arte de definir; ¿cómo sería la conversación de un filósofo y un jardinero?), conjugar lo que se dice con lo que se ve…

Muchas veces sucede que uno desestima la teoría o la domina tantísimo que experimenta. Como resultado, tenemos películas como El árbol de la vida. Si tu afán no es reírte y zamparte una bolsa de palomitas, te propongo que veas dos veces la película: en la primera, sigue las palabras del guión. En la segunda… Sigue más a la imagen. Porque mucho me temo que el problema reside en que lo que se dice (en voz en off, la mayor parte del tiempo, y a modo de introspección personal de cada uno de los personajes) no es lo mismo que lo que se ve. Y, aunque parejos, la palabra viene a ofrecer el mundo interno de los personajes, y la imagen el mundo externo; y muchas veces la interpretación del mundo externo de uno es distinta del mismo mundo externo. Si a esto le sumas que parte de la voz en off narra algunas cosas que no se ven explícitamente, y saltos temporales tanto en lo que se dice como en lo que se ve, y no siempre apoyados el uno en el otro, ya tenemos como resultado un “me he montado mi propia película viendo la de otro” en el espectador.

“¿Sabéis lo que significa subjetivo?
Que proviene de tu cabeza, nadie lo puede demostrar.”
Terrence Malick.

Terrence Malick, filósofo de formación, se deleita en esta obra llevando al terreno cinematográfico una personal oda a la vida cantada desde la excusa de la muerte, a través de una ruptura de la secuencialidad temporal, la inclusión de más que narrativos, contemplativos poemas visuales que recrean el Universo -con vistas a comparar la nimiedad de una tragedia humana con la grandeza de la creación-, y una historia sencilla contada desde los recuerdos de Jack, que incluye en su seno las voces del resto de su familia, y un mensaje encriptado por simbolismos personales y religiosos que ya se advierten desde el propio título del filme, como el árbol de la vida (diagrama principal de la Cábala) o la Escalera de Jacob (en la Biblia, simboliza el camino por el que los ángeles ascienden al cielo), coincidentes en el hecho de que a través de ambos “caminos” el alma retorna a su origen. Algunos son explícitos, y forman parte del guión literario, como las referencias al Libro de Job. Otros símbolos son implícitos, y el espectador avispado ha de ir conectando su mundo teórico con el que se ofrece en el filme.

Parada de imagen. En cada etapa de vida, el protagonista sube una escalera.

Parada de imagen.
En cada etapa de vida, el protagonista sube, por una escalera, a una “tentación distinta”.

Universo Malick

Universo Malick

La película desarrolla dos temas principales que parten de los padres de esta familia: si bien la madre, interpretada por Jessica Chastain, plantea la bifurcación de los dos caminos que puede tomar una persona en la vida: el sendero de la naturaleza (muy epicúreo, entregado a los placeres) y el de lo divino (no busca agradarse a sí mismo, sino que es un camino de entrega) y proclama elegir el segundo; el padre, interpretado por Brad Pitt, plantea en su conflicto interno la educación (¿tal vez el árbol del bien y del mal?), que es más severa cuanto más esperas del hijo y más lo quieres, aunque la recepción por parte de éste sean sentimientos peyorativos hacia el progenitor. Suponiendo en su conjunto una contradicción: la madre representa la anarquía en la familiar, el amor, la libertad, la belleza, la fe ciega en Dios… Y el padre el orden y la auto-exigencia: “no cometas los mismos errores que tu padre”, “si queréis triunfar no podéis ser demasiado honrados”, “has de aprender a defenderte y luchar”, “¡llámame “padre” y “señor”!”, “hay que ser dueño de ideas. Uno se hace a sí mismo, controla su destino”, “no debes decir no puedo, sino me está costando…”. Ambos producen que el protagonista, Jack -interpretado por Hunter McCracken y Sean Penn,- desde una perspectiva adulta, en la que se le muestra como un hombre exitoso que trabaja en un altísimo rascacielos, desee reconciliarse con su padre y llamarlo por teléfono, acallar el parloteo y la ambición de los que le acompañan y erradicar su duda existencial recuperando la fe, ésa que le enseñó su madre, como resultado de un proceso de anagnórisis o reconocimiento que le viene dado por recordar su infancia (el nudo de la película) con su hermano, que falleció a los 19 años no se sabe bien cómo. (Este dato, por ejemplo, viene narrado en voz en off en el planteamiento de la película pero no aparece en las imágenes, y el espectador debe recordarlo al final para encajar el desenlace).

Parada de imagen. Malick, "El espejo" de Tarkovski.

Parada de imagen.
Malick, “El espejo” de Tarkovski.

Tras un planteamiento que dura aproximadamente 22 minutos, y otros 15 minutos de hermosas “recreaciones Malick” de la naturaleza del Universo acompasadas con voces en off que suponen conversaciones con Dios por parte de los protagonistas,  se empieza contar, a partir del minuto 35, toda la historia de la infancia de Jack, a modo de nudo que “sale del agua”, que se supone recordada por él y de ahí narrada a modo de flash-back: son los recuerdos (contados de manera aleatoria, de la misma manera que el cerebro recuerda, pero unidos por el sentido y el avance temporal) de Jack; sus primeros pasos, los juegos de la infancia, las heridas que se curan con mercromina y un soplo de mamá, la llegada de su hermano y su consiguiente envidia por perder parte de la atención de sus padres, burbujas, plantar un árbol con papá, los cuentos y los baños con el agua de riego de mamá, las relaciones de familia, ir a misa, hablar con Dios (“¿me estás vigilando? Quiero saber lo que eres. Quiero ver lo que tú ves.”), su primer amor no correspondido, sus primeras travesuras macabras y vandálicas con sus amigos, sus primeros deseos eróticos recreados a partir de una escena en la que le roba un vestido de seda a su vecina, el primer encuentro con la muerte, descubrir esa emergencia de la moralidad que cuestiona todo cuanto hacemos, el ansia por saber del mundo en que vive, recibir castigos por dar portazos, no arrancar todas las malas hierbas del jardín o contestar a papá, empezar a odiar a su padre y darse cuenta de que hasta se siente tentado a matarlo, tener ataques de rabia y arrepentirse después por pagarlo con su hermano. etc. Recuerdos apoyados por la voz (en off) de su conciencia moral hablando con Dios, digamos, (“¿por qué debo ser bueno si tú no lo eres?”, “¿por qué nuestro padre nos hace daño? Mátalo, Dios…”, “¿cómo puedo volver a ser (inocente) como ellos?”); que conducirán a Jack a la puerta que abre la playa de la conciencia, donde se encontrará con su madre, su hermano y toda su familia para descubrir que muchas veces lo más difícil es pedir perdón a alguien por enfadarse con él.

Parada de imagen

Parada de imagen

A partir del momento en que se cumple la hora y cincuenta y cinco minutos, entramos en un desenlace contado de manera simbólica, surrealista y poética donde se entiende que de alguna manera Jack se encuentra con su hermano y se reconcilia con su pasado. (¿Puede ser la “playa de la conciencia” algún lugar de su corazón, que se abrió al recordar?)

A pesar de que el propio Sean Penn se quedó absorto con el montaje que había hecho Malick, e hizo insólitas declaraciones a la prensa como  “la emoción que sentí al leer el guión, el mejor que he leído en mi vida, estaba ausente de la pantalla. Una narración más transparente y convencional hubiese beneficiado a la película sin restarle belleza ni impacto. Para ser sinceros, aún me pregunto qué estoy haciendo yo allí, y qué puedo aportar en ese contexto. Más que nada, porque Terry nunca se las apañó para explicármelo con claridad”, y de que muchos críticos abalan la idea de que el final no era muy oportuno y no aportaba nada –¿qué pinta Sean Penn en esta película de resaca sin articular palabra?– el final se hace indispensable para cerrar la historia en el punto exacto en el que comenzó: el recuerdo -“recordar”: del latín, re-cordis, “volver a pasar por el corazón”- de la muerte de un ser querido, y el amor que se sigue sintiendo hacia ella, y que por lo tanto, sigue existiendo y formando parte de la realidad aunque la persona amada ya no lo haga.

Terrence Malick

Terrence Malick

En conclusión, El árbol de la vida es una transferencia de una visión y reflexión filosófica personal sobre el mundo por parte de Malick, así como una puesta en pantalla de cierta moralidad propia oculta bajo una hermosa fotografía y narrativa experimental; con referencias creativas que parten de su propia vida (su familia tenía cinco miembros, su madre era muy creyente, Malick era adolescente en los años 50 y coincide con el tiempo narrativo del filme, así como el lugar, su hermano mediano era guitarrista. etc.).

No es de extrañar que alguien tan inaccesible para los medios y el público se gane por su valentía fieles seguidores, detractores y apoyos por aprecio, que no por una completa concordancia y sintonía, como Brad Pitt, tres nominaciones a los Oscars (película, director y fotografía) y se lleve la Palma de Oro del Festival de Cannes a la Mejor Película 2011.

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2 respuestas a “El árbol de la vida” (Terrence Malick, 2011)

  1. ivonne dijo:

    Quien escribió este artículo? porque quiero citarlo en mi tesis

    Me gusta

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