Crítica de “El show de Truman” (Peter Weir, 1998)

¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción.
Y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Soliloquio Segismundo, Calderón de la Barca

Aceptamos la realidad sin cuestionarla, pero qué pasaría si un día descubriéramos un patrón que nos guía hacia la pregunta ¿qué es real? Si poco a poco fuéramos intuyendo que podríamos estar viviendo una mentira, y en un aire de escepticismo nos diéramos de frente con el genio maligno de Descartes. ¿Avanzaríamos a contracorriente de toda sombra para salir de la caverna?

Peter Weir diseña en el filme un mundo ficticio para Truman (contracción de “true man”, “hombre verdadero”, interpretado por Jim Carrey): Christof lo adoptó antes de nacer y lo introdujo en una cúpula que contiene un aparatoso decorado que simula el mundo real para que fuera la estrella de su reality show: todas las personas serán actores, salvo el propio protagonista. El resultado es una comedia apta para todos los públicos en la que nuestro hombre verdadero, siguiendo su instinto, tratará de escapar de las surrealistas cuitas (¿desde cuándo llueve solo para uno? ¿desde cuándo caen focos del aire? ¿desde cuándo tu mujer te explica las ventajas de un producto que acaba de comprar como si estuviera hablando para otra persona? ¿cómo es que los movimientos de los coches, semáforos y transeúntes de una calle se repiten secuencialmente?) que desde el programa le imponen y salir al mundo real.

Suponiendo en su conjunto una crítica a la línea que divide lo íntimo y personal de lo público y comercial, la película es toda una aventura donde durante 105 minutos el espectador deseará que Truman despierte de ese sueño que le han inducido, de que sea realmente libre y no condicionado por las circunstancias que Christof diseña para él, descubra que teme al agua por algo que no es culpa suya y consiga encontrarse con esa chica que reconstruye poco a poco en un collage recreado a partir de sus recuerdos; esa extra de la que  se enamoró de verdad, pero que no estaba destinada a representar el papel de su mujer.

Si aún no la has visto, no te la pierdas. Porque exhibe toda una cuestión filosófica que culmina en un cuadro fotográfico que formará parte de los recuerdos de todo espectador. ¿Quién podría olvidar la belleza de la escena final?

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