“La Gran Belleza” (Paolo Sorrentino, 2013)

“Me he pasado todos los veranos de mi vida haciendo planes para septiembre, pero ya no. Ahora me paso el verano recordando los planes que hacía y que se han desvanecido. Un poco por pereza, y otro poco por olvido…
¿Qué es lo que tenéis contra la nostalgia, eh? Es la única distracción posible para quien no cree en el futuro. La única que nos queda.”  

LA GRAN BELLEZA.

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La Gran Belleza, o como nos gusta llamarla, filosofía premiada de Paolo Sorrentino, y su co-guionista Umberto Contarello, (Premio Oscar Mejor Película de habla no inglesa), nos cuenta la historia del escritor Jep Gambardella, interpretado por Toni Servillo, que se pasea por Roma en busca de “la gran belleza”, de la inspiración para otro libro, de una razón para escribir… De un voyeur en busca de la nada, en busca del amor.

El filme supone de suyo una excusa, “solo es un truco”, para analizar la sociedad (desde la micro-sociedad del colectivo artístico) y reflexionar sobre la vida. En palabras del protagonista, se nos presenta el conflicto interno que se exhibe:

De joven…

“Me precipité demasiado rápido, apenas sin darme cuenta, a aquello que se puede definir como el remolino de la mundanidad. Pero yo no quería ser simplemente un hombre mundano, quería ser el rey de la mundanidad, y desde luego que lo conseguí.”

Y, de repente…

“El descubrimiento más importante que hice pocos días después de haber cumplido los 65 años fue que no podía perder el tiempo haciendo cosas que no quiero hacer.”
Parada de imagen: Jet dictando las pautas de actuación para un funeral.

Parada de imagen: Jep dictando las pautas de actuación para un funeral.

Jep es un artista en decadencia que realiza un viaje existencial por las falsas apariencias y la superficialidad, la misión que cumple el arte en la vida del hombre o la socialización (fiestas, drogas, alcohol, libertinaje, hedonismo.etc.) mientras trabaja como periodista cubriendo entrevistas a artistas.

Parada de imagen: Jep de fiesta. Presentación del protagonista.

Parada de imagen: Jep de fiesta. Presentación del protagonista.

Con ejemplos muy acertados presentados en escenas de índole irónica (sí, uno puede llegar a reírse de sí mismo viendo esta película): ponerse botox para ser apolíneo, preguntarle a un artista en qué consiste esa “vibración energética” por la que actúa y no obtener respuesta alguna, evaluar como una estupidez el que una persona se jacte de hacerse fotos a todas horas, y colgar poses o desnudos en Facebook para obtener “likes”, dar consejos a un escritor y decirle que ciertas acrobacias intelectuales solo parecen ofrecer intelectualismo, pero que el truco no consiste en escribir por el beneplácito de los demás; sino en escribir algo que denote personalidad y transfondo para llegar así al receptor, y de fragmentos de guiones magistrales que denotan una “guía moral de actuación” dictada por el propio yo Sorrentino, como por ejemplo poner en boca del protagonista la triste y rotunda clarividencia “todos estamos al borde de la desesperación, no tenemos más remedio que mirarnos a la cara, hacernos compañía y tomarnos un poco el pelo“, en una reunión de amigos aristócratas. O éstas otras, y dirigirlas hacia un chaval con dudas existenciales:

– Si no me tomo en serio a Proust, ¿a quién me tomo en serio?

-¡A nadie! No debes tomarte en serio nada excepto el menú, claro. Las cosas cosas son demasiado complicadas para que un solo individuo las compreda.

– Que tú no las comprendas no significa que nadie las comprenda.

El mensaje que se nos ofrece es que, a fin de cuentas, la felicidad está más en los momentos que en los lugares: a la hora de la verdad, y cuando está próximo un funeral, en el que hasta el “último adiós” tiene un guión teatral muy marcado -¿quién iba a imaginar que la foto que ponen de cebo en el cartel está sacada de una escena tan peculiar, original y trascendente?- en el que por coherencia con el motivo del acto el visitante jamás debería llorar delante de nadie, pues es inmoral quitar el protagonismo a la familia directa de la víctima… Uno se plantea que, en verdad, no hay respuestas para la espiritualidad. Y que entre tanto arte, a veces verdadero y otras contraproducente, lo que realmente necesita es hablar con una santa para entender que somos frutos de nuestras raíces; y que ante la imposibilidad de recuperar el tiempo perdido, el único “truco” que puede obrar un hombre para desaparecer y viajar a mares que en techos blancos conservan nuestros mejores recuerdos vividos es, tal vez, ponerse a escribir sobre la nada, es decir, sobre toda la absurda vida en general, para así llegar a la nostalgia de haber amado de verdad y darse cuenta de que sólo era el amor lo que le faltaba al “todo” para que tuviera algún sentido, y que por ende siempre fue al amor, esa gran belleza de inspiración, al que estuvo buscando perdido en un abismo.

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